- ¿Qué van a pedir, chicas? Díganme que voy anotando... - preguntó, mientras aferraba la pequeña libreta y la lapicera de tinte azul entre sus manos, muy determinado a completar su tarea.
- Mmm... yo... yo creo que voy a pedir un licuado de frutilla, por favor - titubeó la rubia, pero optó por acabar la frase con una sonrisa, para evadir su notorio nerviosismo. Él, devolvió la sonrisa, conforme.
- Yo quiero un exprimido de naranja y durazno, por favor. Gracias - explicó Zoe, sin más. Si bien el rostro de el mozo le parecía lo suficientemente atractivo (pues poseía una gran sonrisa que dejaba ver unos enternecedores hoyuelos) , creyó que no habría tal necesidad de estar embobada. Zoe era... un poco extraña, en cuanto a gustos. Su personalidad era particular, única. Razón por la cual no podría babear por cualquier chico común y corriente en absoluto. Le gustaba lo auténtico, lo extraño, inclusive lo excéntrico... si bien era un poco sencilla, su alma estaba llena de secretos y sentimientos totalmente puros. Y aunque suene como un gran y estúpido cliché, sí, ella era diferente al resto. Mágica, tal vez. O sorprendente. Quién sabe...
- ¿Vos viste la cara de ese pibe? ¿Lo viste? Boluda por poco y...
- Sí, lo vi. Y estás re babosa - interrumpió Zoe, y soltó una risita.
- Es que, ¿lo viste? ¡No da más!
- Mmm... no... - comenzó a retrucar la morocha, torciendo su boca hacia el costado derecho de su rostro - honestamente no me parece la 'gran' cosa.
- Ay... boluda... a mí me encanta - Clara volteó su rostro haciendo que su cabello se sacuda a la par, y divisó al mozo que estaba de espaldas, en la barra. Mordió sutilmente su labio inferior. El uniforme de el muchacho era una camisa color celeste cielo, tal cual la pared con fotos hermosas que el bar poseía. Debajo, un pantalón considerablemente elegante de color negro, y llevaba unas zapatillas marca Vans, que eran bastante llamativas por su tamaño, color blanco con algunos pequeños detalles en gris y otros en negro. En cuanto se dio vuelta, se pudo observar el pequeño cartel que llevaba colgando de el bolsillo de la hermosa camisa: decía 'Leandro'.
- ¡Se llama Leandro! - exclamó Clari, algo emocionada por tener un dato más de el morocho: su nombre.
- Sí, Clari, lo leí mientras a vos te chorreaba la baba de la boca... - replicó su amiga, riendo por cómo se divertía por la atracción que la otra sentía.
- Bueno, che... no puedo evitarlo - respondió, riendo.
Ambas amigas charlaron haciendo comentarios cortos y poco hincapié, durante un poco más de 5 minutos de variedad de temas: las materias que debían rendir en febrero y marzo, cómo se iba llenando cada vez más el café bar en el cual se encontraban, Leandro, el ex novio de Zoe, y las ganas que tenían de ir a la playa juntas -aunque sea unos días-. En cuanto estaban haciendo un intercambio de opiniones sobre las materias que rindieron y debían rendir, fueron interrumpidas por un mozo diferente: traía el pedido de las dos.
- ¡Gracias! - respondieron las dos, al unísono. Y en cuanto el muchacho se fue, voltearon a mirarse fijamente a los ojos, y la rubia alzó las cejas. ¿Qué habría ocurrido con Leandro? Y si él tomó su orden, ¿por qué no había sido él quien la habría entregado? Estas preguntas se hacían, cuestionando una que otra razón.
- La verdad... ni idea. No sé. Supongo que estará ocupado entregando otro pedido, o algo así. No se me ocurre... - explicó Zoe, sin darle demasiada importancia al tema. Lo cierto es que no le interesaba tanto quién traía las bebidas, sino simplemente tenerlas en mano y poder disfrutarlas plácidamente. Y así lo hizo, tomando el fino sorbete entre sus dedos y apretando sus labios contra él, dando algunos sorbos a su exprimido.
Clara, fruncía el ceño, no podía comprender la situación. Pero trataba de relajarse. A veces no comprendía por qué se obsesionaba tanto con temas fortuitos o que estaban fuera de su alcance. Era absurdo en su completud... pero la verdad era que cuando las cosas no salían perfectas tal cual las imaginaba o las planeaba: se rompían todos sus esquemas - Yo tampoco tengo idea. Pero bueno. No sé. ¿Y si...? No. Dejá. No sé - decía, sin completar ninguna frase en absoluto, negada. Observó a su amiga estar bebiendo su exprimido, y la imitó. Los licuados de frutilla le encantaban, así que se centró en disfrutar de eso y dejar de pensar tanto.
Las amigas dejaron pasar el tema del cual habían estado hablando y continuaron sus charlas interminables de cualquier tema y sin otro objetivo que reírse un rato. Se las veía felices, sonriendo, disfrutando. Y así continuaron, hasta que ambas bebidas se acabaron y el tiempo seguía corriendo. Se decidieron por ir cada una a sus respectivas casas, para seguir con un poco de estudio y hacer alguna otra cosa; mañana se juntarían nuevamente a almorzar o a hacer alguna otra cosa, tal cual y como siempre.
Zoe abrió una aplicación en su celular llamada 'Piano Tiles', le quitó el sonido y pasó a divertirse intentando ganar ese juego. Clara, se quedó observando a la barra... esperando divisar a algún mozo para pedir la cuenta. Y allí, lo vió: Leandro. Cruzaron miradas. La hermosa rubia le hizo una leve seña que daba a entender que estaba pidiendo por el total a pagar, y este respondió asintiendo con su cabeza. Clara sonrió para sus adentros. Luego de unos minutos, Leandro se acercó a la mesa sin el uniforme: habían dado las ocho y media de la noche, y el turno cambiaba. Ahora, llevaba puesto un pantalón ancho y grande, mucho más grande de lo normal en color negro azabache, una musculosa que le llegaba prácticamente a las rodillas en color rojo con un estampado bastante lindo en el medio, y las mismas zapatillas que utilizaba con anterioridad. En la mano tenía dos cosas: en la derecha, una gorra color gris con una frase o palabra que no podía ser bien distinguida desde lejos, y en la izquierda un pequeño papel en forma de rectángulo. Se encaminó hacia la mesa de las mejores amigas, y en cuanto llegó, los tres cruzaron miradas. Un silencio se apoderó de ellos por unos segundos, hasta que Leandro lo irrumpió diciendo: - Acá está la cuenta... - y observó a Zoe fijamente, y luego a Clara, de la misma manera. Dejó el pequeño papel blanco sobre la mesa, cerca de Zoe. Ambas chicas pagaron su parte, el mozo dejó el dinero en la caja rápidamente y se alejó dando varios pasos hacia la puerta. Los ojos de la morocha brillaron insistentemente, y observaron a su amiga.
- Tiene que ser joda. No puede ser tan hermoso este chabón... - explicó Zoe, aún asombrada por su vestimenta y la onda relajada que tenía. Parecía totalmente extraño, y estaba comenzando a fantasear con que tenía una hermosa personalidad, y era totalmente perfecto en todo aspecto y sentido.
- ¿Qué? Es un asco. Pensé que era lindo. ¿Cómo se puede vestir así, boluda? Si ese fuera mi hijo... - comentó Clara, desconcertada. Hacía cara de asco o o repugnancia, recordando las prendas que llevaba puestas, una por una. No lo podía creer.
- Boluda, es un tremendo complemento que sea original y que no sea igual a todos. A mí me encanta. ¿Y viste como me miró? - sus pupilas se dilataban a la par que decía cada palabra, totalmente emocionada.
Clara asintió, restándole importancia al asunto. Zoe continuó hablando de el chico y lo que le parecía, las cosas con las cuales estaba fantaseando, mientras tomaba el papel de la cuenta entre sus manos y lo guardaba en su bolsillo. Continuaron parloteando un poco hasta que el padre de Clara llegó en su camioneta y la recogió a ella para llevarla a su casa, y la morocha sólo se dispuso a caminar para llegar a su hogar. Mientras lo hacía, fue a mirar nuevamente el pequeño papel que se les había dado a ambas y ella había guardado, y vio algo anotado allí: "Leandro 15504806", pudo divisar... junto con una pequeña carita feliz a su lado. ''¿QUÉ?'' pensó Zoe en su interior, y su corazón comenzó a laterle mucho más fuerte que lo normal, parecía que golpeaba continuamente su pecho intentando escapar de allí. Lo cual era imposible, porque el corazón era un simple órgano, pero no podía controlar sus nervios y su emoción. Comenzó a dar pasos mucho más rápidos y casi a trotar en el medio de la calle, esperando que las pocas cuadras que separaban al bar de su casa pasaran rápidamente. En cuanto llegó allí, abrió la puerta rápidamente y se adentró a su casa, se tiró en un sillón, conectó el wifi y escribió un mensaje en Whatsapp: "Hola, te conocí en el bar..." y optó por poner una carita sonriente, recordando que él había hecho lo mismo en el papel.
Continuará...